Internet en el Aula

Red educativa para una Escuela del siglo XXI

Con el ánimo sosegadísimo, desde la paz de mi hotel mientras hago tiempo para salir a cenar en Granada, tengo que decir que me siento algo excluida en este congreso.
Profesores, maestros, alumnos, padres...
Hemos desaparecido del mapa, o tal vez es que se me olvida que aún no hemos sido colocadas donde nos corresponde por el simple hecho de ser, a las profesoras, a las maestras, a las alumnas y a las madres. Ni siquiera coordinadoras TIC, o toc.
No estamos en los papeles, por eso parece que no estamos.
Y se molestan si se lo haces notar, te miran como si estuvieras zumbada, fueras una pesada feminista que seguramente no liga nada, o vete a saber. La respuesta: "Pues yo no soy machista" es tan simplona que me pregunto si no estamos otra vez empezando casas por el tejado en la escuela y, por tanto, en la sociedad y en la vida. Sé que a muchos y a algunas este lenguaje no les gusta. Mi más sincera comprensión hacia ellos y ellas, pero de ninguna manera aceptaré que se me excluya para que ellos y ellas no se sientan incómodos.
Esta mañana, un ponente al que ni conozco ni juzgo personalmente, porque es uno más de los que han hablado tooooodo en masculino, ha contado una anécdota muy simpática acerca de lo bien que se siente ayudando a una maestrA a hacer todo lo que no sabe ella acerca del ordenador. Es la única vez que he escuchado el nombre de mi profesión en femenino en todo el congreso. Una profesión llena hasta la bandera de mujeres de ídem. Y para uno que nos nombra, suena a chiste de torpona que empieza.
He querido, en el turno de preguntas, hacer notar este detalle porque somos ya algunas las que estamos molestas con el asunto, pero sobre todo porque me molestó a mí (se siente, tenemos derecho a sentir lo que sentimos y a expresarlo), y la respuesta, tras un malentendido en el que pensó este señor que yo me ofendía por llamarme maestra en vez de profesora (au contraire, por dios), me dijo la frase maldita: "Yo no soy machista", y encima va su mujer y lo confirma, cuando mi única intención era expresar un malestar y no averiguar quién lleva la casa (porque eso seguro que lo adivino).

Añadir por último que yo, que soy mujer, webmistress (gracias Juan, por el término) de mi colegio, madre y maestra, he desatascado el ordenador y dado cursos a compañeros varones que son auténticos zoquetes encantadores a la hora de ponerse a la tecla. Y jamás se me ha ocurrido contarlo como si fuera una gracia o una bondad mía.

Sólo nos faltaba crear el príncipe azul TIC que viene en el caballo blanco a reiniciarte el Windows porque ha ocurrido una operación no válida y tiene que cerrarse. O a encontrar la carpeta .tuxpaint, oculta para que no la veas, donde están los dibujos de la chiquillería. O a poner las notas en Séneca.

Hay más opciones para no necesitar príncipes azules reiniciadores: ser maquera y wemistress, y a mucha honra.
No tengo nada en contra de usar Guadalinex, pero o jugamos todos y todas, o pinchamos la pelota, que aquí en el congreso, en las administraciones, nuestros políticos, los sindicatos, todos usan Windows y algunos, Mac. Los Guadalinex que veo son de la administración y de algunos ponentes. Muy pocos teniendo en cuenta donde estamos, quién organiza y quién paga.

Muy masculino este congreso, tal vez por eso me sepa a poco innovador, demasiada técnica y poca escuela nueva. (esto es una maldad, lo sé, pero no pude aguantarme, me divierte ser mala ;-P)

Con el ánimo de reflexionar desde un puntito irónico festivo,
Lola, webmistress.

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Respuestas a esta discusión

Hola a todos (y a todas), profesores (y profesoras), miembros (y “miembras”) de esta interesante comunidad que es Internet en el aula. Me dirijo a vosotros (y a vosotras) como un profesor absolutamente ajeno al polémico congreso. Por lo tanto, mi opinión no se referirá al uso que del lenguaje se ha hecho en el mismo, sino a esta tendencia de los últimos años, promulgada por determinados sectores feministas, que se empeña en poner el dedo en la llaga incluso cuando no hay llaga alguna.
Cierto es que existe un uso sexista del lenguaje. No puedo negar lo evidente (ni quiero). Sin embargo, aquellos (y aquellas) que han salido a combatir en esta cruzada han convertido el asunto en una pesada caza de brujas (y de brujos). Y el único perjudicado en todo esto es nuestro idioma (o, si se prefiere percibir como ente femenino, nuestra lengua).
Antes de nada, deberíamos tener claro un par de conceptos básicos, y resolver así la confusión generalizada entre género y sexo, puesto que no son lo mismo: las palabras tienen género, que es de naturaleza gramatical, y los seres vivos sexo, de naturaleza biológica. Me disculpo ante ustedes por esta obviedad, pero creo que no está de más recordarlo en estos tiempos que corren, donde la violencia machista o doméstica es mal llamada "violencia de género". Para quienes quieran refrescar su memoria con respecto a las normas que rigen el género de las palabras en español, aquí tienen un enlace al Diccionario Panhispánico de Dudas:

http://buscon.rae.es/dpdI/SrvltGUIBusDPD?origen=RAE&lema=género2

Se demoniza constantemente a la RAE por limitarse a hacer su trabajo, esto es, registrar los usos arraigados en la sociedad, de la cual es fiel reflejo. Las palabras, señoras y señores, no son sexistas: lo somos las personas (¿y los “personos”?).

De acuerdo con Pilar García Mouton (Doctora en Filología Románica y directora del Instituto de la Lengua Española), la duplicidad presente en expresiones como “compañeros y compañeras” no es natural, ya que en esos casos es más propio de una lengua románica como la nuestra el uso del plural masculino inclusivo “compañeros”. La mencionada duplicación, una de las soluciones propuestas para remediar el olvido de la mujer en los plurales, se convierte así en artificio agobiante que entorpece el discurso, engrosándolo de manera innecesaria. Y es que el uso genérico del masculino responde exclusivamente al principio básico de la economía lingüística. Además del dichoso recurso de la duplicación, encontramos también, como señala Inés Izquierdo Miller (asesora lingüística), la arrobamanía, que irrumpió en internet de manera implacable. Así, pasamos tod@s a ser profesor@s, alumn@s, y no sé cuántos engrendr@s lingüístic@s más.

No sé ustedes, pero yo al menos sigo refiriéndome a esa pareja que me dio la vida como “mis padres”, sin que por ello se entienda que me crió una pareja de hombres homosexuales (lo cual tampoco habría sido malo, pero no es el caso). Esta intervención mía es sólo un breve apunte, insuficiente y parcial, puesto que he obviado aquellos casos en los que el lenguaje sí es verdaderamente sexista, sin discusión alguna posible. Mi intención es llamar al sentido común. Nosotros los educadores, a quienes se nos llena la boca hablando del pensamiento crítico, no podemos (¡no debemos!) caer en las trampas de instituciones, medios de comunicación y grupos sectarios, y menos aún cuando lo que está en juego es nuestra herramienta de trabajo: la palabra. Eduquemos en valores, sí, y denunciemos el sexismo en el lenguaje, pero siempre conscientes de dónde están los límites.

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Yo no pertenezco a ninguna asociación política, religiosa, sindical, ni llevo banderas a no ser que ganemos el próximo mundial. Es mi manera de permitirme libremente decir lo que pienso y siento, no lo que me dictan.

No sé por qué os sigue dando tanta grima intentar cambiar un poco las cosas para mejorarlas. A mí los lingüistas y las lingüistas me la traen al fresco. Yo quiero que se me nombre, es un derecho que tengo y lo pido igual que cuando pido que se me deje pasar por un paso de peatones cuando voy andando, porque me corresponde y punto.

La agresión feminista, quien la vea, es que tiene que mirarse a sí mismo o a sí misma, por dentro, y pensar qué es lo que verdaderamente le molesta, le duele o le asusta. Las feministas quieren cambiar las cosas para mejor, y los machistas no saben hacerlo mejor porque nadie les enseñó, y creo que sufren mucho viviendo así. Todos y todas podemos mejorar el panorama con no demasiado esfuerzo.

La economía del lenguaje es una excusa, si fuera sensato ocultar a uno de los dos sexos, yo pediría el femenino genérico, por cambiar un poco, pero prefiero que estemos todos y todas donde nos corresponda. Algún día esta discusión sonará a tontuna y la paridad será innecesaria, pero antes hay que decirlo, porque no nos damos cuenta. ¿No os han contado nunca un chiste sobre violencia doméstica? ¿O chistes donde se ridiculiza a hombres o mujeres de una forma que si te paras a pensar es bastante cruel? Pues todo eso, lo escucha nuestro alumnado y va dejando poso, un poso que a la larga no les puede dar nada bueno. Los mensajes negativos se quedan en el alma y van doblándote la espalda a lo largo de los años.

Las instituciones no salvarán a las mujeres de nada, solamente nos amparan, no siempre de forma adecuada, para que podamos decir cosas como estas con algo de menos miedo (sí, miedo, a mí todavía se me pone el corazón en la boca cuando hablo de estas cosas porque lo menos que espero es que me llamen gilipollas o maniática) y con un poco de suerte, evitan que vaya otra al cementerio.
Pero somos únicamente nosotras, en nuestra vida diaria, en casa, en el trabajo y en los congresos, las que poniendo nuestros derechos a la vista y no dejando que dependencias viejas y emocionales nos ganen, las que podemos cambiar, a mejor, nuestras vidas.

El debate es inútil si no se parte del mismo sitio. De tener claro que esto es necesario y para qué es necesario. A veces no llegamos a ninguna parte porque los niveles de donde partimos están descompensados (ni mejores ni peores, sólo distintos).

Los hombres y las mujeres que no quieren, ganarían mucho apoyando la Coeducación, la Igualdad real (no la de los papeles), las mujeres y los hombres que sí quieren, ganaríamos mucho y los abogados y las empresas de estética y los publicistas perderían dinero, ¿a que mola?

Abrazos
Lola

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Durán, los paréntesis que le pones a la forma femenina suenan a recochineo o burla. Habría sido mejor que te los hubieras ahorrado o simplemente que utilizaras únicamente la forma masculina. Me parece bien que defiendas lo que piensas, pero por favor no te cachondees con algo que a muchas y a muchos nos parece un asunto serio.

Hablas de que tu intención es llamar al "sentido común" y de que seamos conscientes de "dónde están los límites".
Lo de que el sentido común sea lo que tú manifiestas es bastante cuestionable, y en cuanto a los límites, cada persona se marca los suyos, y los que tú te marcas no tienen por qué ser los mismos que los que se marcan el resto de las personas del planeta.
Me tienes que disculpar, pero recurrir a esas cosas denota una falta de argumentos.

Y siento estar en desacuerdo con autoridades en el campo de la filología, ¡tremendo atrevimiento el mío!, cuando aceptan y defienden el uso androcéntrico y sexista del lenguaje.

En lo único en lo que estoy de acuerdo contigo es en la calificación de engendro lingüístico al uso de la arroba.
Hay muchas alternativas a ella para evitar el uso del masculino como genérico.

Bueno, Durán, tú tampoco cambies, eres otro de los que se va a quedar solo. Algún día te darás cuenta de que esto no es cosa de grupos sectarios ni de feministas radicales. Simplemente responde al "sentido común" (te cojo prestada la expresión)

Se ha hablado mucho en esta red del reconocimiento del trabajo con las TIC. Si en las conferencias, documentos, informes, debates, ponencias, etc a las mujeres no se nos nombra, no se nos está reconociendo nada. A mí me gustaría que se comenzara con ese reconocimiento, pues nosotras también somos una parte muy importante de todo este proceso. Si estamos en él, que se nos nombre. Tenemos derecho a pedirlo. Es así de simple.

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No entiendo gran cosa de tu blog, que está en inglés, (procuraré aprender, a lo mejor es menos sexista), pero esta imagen que pones me encanta, Durán:

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Sólo dos palabras para contestarte, Durán.
El lenguaje es el vehículo de la comunicación. Cuando lo utilizamos estamos trasladando a través de ese medio la esencia de lo que somos y pensamos. Si no lo usamos para corregir la desigualdad y la discriminación es porque no queremos corregirlas. Porque no cuesta nada, y la lengua no va a quedar seriamente dañada, que durante un siglo o así utilicemos el género gramatical para reconocer la igualdad del sexo discriminado. Esta lengua proviene de los romanos, no de las romanas.

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Un trabajo de nuestras alumnas encontrado en youtube: "Lenguaje sexista en los medios de comunicación"



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Cuando se lo oigamos decir a nuestros alumnos, se acabó el problema. ¿Un siglo? ¿Dos?

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Sí, es cierto, me hubiera gustado más que la exposición la hubieran hecho chicos. Sin embargo, si no empezamos a cambiar las mujeres no podemos esperara a que lo hagan los hombres. A mí me molesta que me llamen "profesor", pero sobre todo si sale de una mujer.

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Muchas gracias, María.
La verdad que he aprendido mucho con estos videos, de verdad.
Había leido y visto cosas sobre la imagen de la mujer en la publicidad, pero reconozco que en lenguaje tengo mucho que aprender.

De momento les he puesto un comentario en youtube a estas chicas, y me parece que deberíamos subir estos vídeos al archivo de la red, así que si Alberto, tú o alguien más no lo hace, terminaré por hacerlo yo.

Gracias (que es un nombre femenino) a todas y todos. ( Sin paréntesis ).

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Ya están subidos
¿Serán ellas también unas "neurotic feminists"?

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No os perdáis la traducción que hace Google del comentario de Damián:

Damián dice:

Hi, Durán, I have just read your post on language, sexism and male chauvinism. You've been brave with those neurotic feminists. I also took part on that discussion and was riddled with loads of ignorance about language.

Google traduce:

Hola, Durán, acabo de leer tu mensaje en el idioma, el sexismo y el machismo. Has sido valiente con los neuróticos feministas. También tomó parte en ese debate y está plagado de cargas de la ignorancia sobre el lenguaje.

!Ay¡ ¡Los neuróticos feministas! ¿Qué haremos con ellos?

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Lo de escribir en inglés será, probably, para que el español-castellano o como se llame, siga creciendo y ganando en sabiduría.
Digo yo...

Me declaro neurótica feminista, enferma mental, caprichosa y pesada. Y mala, muy mala. Voy a ir al infierno.
O mejor, como el título de aquel libro del que no recuerdo el nombre de la autora (y como estoy de vacances de lujo, no pienso buscar):

Las chicas buenas van al cielo, las malas a todas partes.
(Congresos incluidos)

Besos desde Sagres.
:-)
Lola

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