En China, durante milenios, la caligrafía, la pintura y la poesía fueron manifestaciones artísticas altamente apreciadas y formaron parte de la educación más refinada, hasta el punto de ser consideradas como las Tres Perfecciones que debía dominar todo erudito.

Las tres compartían los mismos materiales para su ejecución (el pincel, la tinta, el tintero y el papel: los Cuatro Tesoros del Estudio) y análogos planteamientos intelectuales y estéticos. Todas ellas se basaban en el trazo, en su dominio y en lo que comunicaba, y también en lo que decía sobre aquel que lo ejecutaba. Cada trazo tenía una intención y una fuerza, se hacía con un solo gesto y no se podía corregir. Para que tuviera la forma correcta y ocupara el lugar que le correspondía en el espacio, en armonía con el resto de los trazos que formaban la obra y con el propio papel donde se plasmaba, se precisaba de una gran concentración y un alto dominio de la técnica. Y esto solo se conseguía después de un largo periodo de estudio y trabajo interior. De forma que todo maestro en estas artes, además de artista era sabio.

Y las palabras tenían belleza tanto por su sonido como por la plasticidad de los ideogramas que las representaban, mientras que las pinturas estaban cargadas de sensaciones, aquellas que tuvo el pintor en el momento y el lugar en los que pintaba.

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