Hay múltiples ocupaciones, como la de mozo de almacén, manipulador de alimentos, dependiente o barrendero, que se aprenden o podrían aprenderse fuera de las instituciones escolares. Otros empleos, como el de jardinero, fontanero, sastre o albañil, precisan de más cualificación; aunque cuando esta formación se proporciona en las escuelas no deja de ser algo artificiosa. No hace tanto que la mayoría de los oficios se aprendían sobre la marcha, empezando como aprendiz tutelado por alguien que ya los dominaba. Ahora que todo se pretende institucionalizar esto no es posible.

En su papel de expendedor de títulos, el Estado ha puesto en funcionamiento un sistema que todos conocemos como Formación Profesional, que presuntamente mejora la anterior manera de aprender, aquella en la que cada maestro se hacía responsable de la formación de sus aprendices en el más amplio sentido; es decir, no limitándose a lo estrictamente técnico sino también educándolos. Y puede que la formación reglada, diseñada y homologada por el Estado, sea más adecuada para aprender algunas profesiones, especialmente si requieren del uso de tecnologías avanzadas y ciertos conocimientos teóricos; pero tal vez la mejora no sea tanta en otros oficios, más cercanos a lo artesanal y familiar que a la fabricación industrial y la producción en masa.

Allá por 1970, la Ley General de Educación convirtió la FP1 en la opción forzosa, al menos hasta cumplir los 16 años, para aquellos que no habían superado con éxito la EGB. Y aunque algunos alumnos concluían reglamentariamente los estudios básicos y optaban por los estudios profesionales, muchos otros los iniciaban partiendo de una situación de fracaso, lo que contribuía muy poco a mejorar la imagen social que se tenía de la FP y además se reflejaba en los resultados.

Más de la mitad de los alumnos matriculados en FP1 no terminaba este ciclo. Y gran parte de este abandono se debía a que los alumnos volvían a encontrarse con muchos de los problemas que habían tenido en las enseñanzas obligatorias y no habían conseguido resolver. Es decir, aunque se incorporaba un importante componente práctico, se mantenían en los planes de estudio, sin cambiar la orientación ni la metodología, muchas de las materias que les hicieron fracasar. Así, el aprendiz de tornero seguía teniendo las mismas dificultades y el mismo interés para encontrar el complemento directo de una oración o averiguar el punto en que se cruzaban dos trenes que habían partido a la vez, con distintas velocidades, desde Madrid y Barcelona.

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