Recuerdo una tarde de domingo, era invierno, en la que mi hijo se sentaba angustiado frente a un cuadernillo de matemáticas. Tenía nueve años y un montón de multiplicaciones por delante; al día siguiente, último día antes de la evaluación, había que entregar, completas y bien resueltas, todas y cada una de ellas. No eran cinco o seis, sino decenas.

Pasaba el tiempo y aumentaba la desesperación. Ante lo absurdo de la situación, hice el tímido intento de coger la calculadora y dictarle los resultados, para que los fuera copiando. No hubo manera: eso era hacer trampa. Tampoco fue bienvenida la sugerencia de cerrar el cuaderno y redactar una nota pidiendo una reunión con la maestra. El cuadernillo se tenía que completar según los cánones, tal y como se suponía que tenía que hacerse.

El encargo, al parecer, venía de antiguo. En algún momento se le dijo que, a lo largo del mes, poco a poco, tenía que ir resolviendo las cuentas para entregarlas, todas juntas, cierto día de Febrero. Es decir, a niños de tercero de primaría, se les había encomendado un trabajo que requería una planificación y una constancia que, claramente, les sobrepasaba.

El cuaderno se terminó, a pelo, a las doce de la noche. Nunca se devolvió corregido.

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