Además de extensión, el tiempo tiene cualidad; es decir, se puede asociar con un adjetivo que lo describa. Así, por ejemplo,  hablamos de tiempo pasado y de tiempo futuro, o de tiempo absoluto y tiempo relativo. Y en esta calificación del tiempo es habitual que hablemos de tiempo aprovechado y de tiempo perdido; es decir, tiempo al que se le ha sacado un provecho y tiempo del que, aparentemente, no hemos obtenido nada.

Una distinción, la del beneficio y la pérdida, que puede conducirnos con facilidad a la idea de que nuestro tiempo es una mercancía, algo que se puede vender y a lo que se le puede poner un precio. Es sobre esta transacción sobre la que se asienta la concepción que actualmente tenemos del trabajo y de su contrapartida, el ocio, que consiste en aquello que se hace durante nuestro tiempo libre, en ese tiempo que no hemos vendido o empleado en nuestras obligaciones, un tiempo que nos pertenece y que podemos administrar según nuestro parecer.

Pero esa posesión del tiempo nos hace responsables de él, de aquello que queremos hacer con nuestra vida. Aunque  nuestra vida está tan pautada, tan regida por horarios, normativas  y ocupaciones, que estamos poco habituados a tomar decisiones sobre ella; con lo que, de alguna manera, nuestro tiempo libre crea un vacío que tendemos a ocupar con la distracción o que rápidamente llenamos con más obligaciones. Con ello entramos en un bucle del que solo podremos salir cuando concibamos el trabajo de otra manera.

http://www.otraspoliticas.com/educacion/trabajo-y-tiempo-libre

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