Todos queremos ser felices. Esto es más que un axioma, es un deseo natural del ser humano. Entonces, ¿por qué nos sentimos tantas veces infelices? ¿Por qué en ocasiones pensamos que nuestra vida es muy perra? (y que me perdonen los canes que no tienen culpa de nuestras frases hechas). Primero, porque nos hemos vuelto extremadamente exigentes y, segundo, porque nos cerramos a la reflexión, tal vez porque nos hemos vuelto holgazanes para pensar. Pero vayamos por partes, que es como se van montando los puzzles.

De forma natural tendemos a pensar que nuestros actos tienen una única razón de ser, un único interés; por ejemplo, cuando lees este artículo crees que lo lees porque puede ayudarte a ser feliz, porque te interesa ser feliz y, sin embargo, de una forma implícita (es decir, escondida), implica mucho más. De momento te interesan dos cosas: la felicidad y la lectura.

Por lo tanto comencemos por buscar los intereses implícitos (escondidos) en cada uno de nuestros actos. Empecemos a reflexionar y descubriremos que nuestros actos están enriquecidos por más de una cuestión, poseen más de una virtud. Si vamos al cine con unos amigos, no sólo buscamos el goce audiovisual viendo la película, también buscamos la camaradería, el compadreo, la unión con los demás. A todos nos gusta ver una película y luego comentarla, tanto si es de nuestro agrado como si nos ha parecido un verdadero bodrio, una porquería. Si por el contrario, decidimos ir solos al cine, lo que buscamos es, además de disfrutar del film, la tranquilidad y el sosiego de estar unas horas distraído con uno mismo.

Así que lo primero es pensar, ver más allá de lo evidente. Buscar en la trastienda de los hechos cotidianos nos ayudará a descubrir que nuestros intereses son mucho más numerosos y más valiosos de lo que pensamos en un primer momento.

Cuando alguien pregunta para qué sirven las clases de Lengua, es indudable que no se ha parado a pensar en lo necesario que es hablar, que no es otra cosa que la transmisión oral de nuestros conocimientos del lenguaje; y hablar correctamente es necesario para poder expresar de una manera clara lo que pensamos, lo que queremos decir. Si lo que queremos es ligarnos a una chica o a un chico que nos gusta, decirle: “tía, qué buena estás” o “tío, qué cuerpazo tienes” no será suficiente. Esa frase es, sin duda, halagadora, pero no deja de ser un piropo, una expresión muy común que cualquiera podría decirle. Para conquistar a otra persona hace falta más versatilidad con las palabras, es necesario conocer el lenguaje para expresar con sinceridad y de forma única, diferente a como se lo podrían decir los demás, lo que sentimos verdaderamente por esa persona. Así nacieron las metáforas.

Si nos diéramos cuenta del valor de la palabra, nuestra comunicación con los demás sería más fluida y dichosa, habría menos malentendidos innecesarios.

Lo mismo sucede con las otras materias que estudiamos en el instituto, todas llevan escondidas una riqueza y una utilidad que nos sirve para nuestra vida diaria. Por poner otro ejemplo, para poder ver cada domingo las carreras de Fórmula 1 es necesario, antes que nada, que haya unos coches preparados mecánicamente para competir, lo que implica un buen número de ingenieros. Hasta el que echa gasolina en el depósito es ingeniero. Sin ingenieros, sin fórmulas complejas y sin cálculos exactos, no tendríamos Fórmula 1, pero ahí no acaba la cosa, porque sin la tecnología punta de las telecomunicaciones no podríamos ver las carreras en la televisión y si afinamos un poco más, sin el código binario que las matemáticas nos dio a conocer, tampoco existirían los ordenadores, no tendríamos internet y entonces, ¿qué sería de nuestras vidas sin Tuenti, sin Facebook y sin Messenger? ¡Sería un horror! Así que comencemos a pensar, a reflexionar sobre la sustancia de las cosas, sobre lo que implica realmente una acción cotidiana como es encender el ordenador, el televisor, hacer una llamada telefónica o presionar el play en un mp3.

¿Y esto qué tiene que ver con la felicidad? Tranquilidad, ya nos vamos acercando al cogollo del asunto, pero tendrás que seguir leyendo el artículo. Si has llegado hasta aquí es porque en realidad te interesa el artículo, si piensas dejar de leerlo es que no te interesa, no te sientas culpable por eso, no todo tiene que interesarte en esta vida.

Hemos dicho que lo primero es reflexionar, un comienzo nada baladí (vaya, otra palabreja, ésta búscala en el diccionario) y cuando empecemos a pensar sobre las cosas que nos rodean comenzaremos a entender su complejidad, esto nos ayudará a valorar todo lo bueno que en realidad tenemos a nuestro alcance, comenzando por la felicidad. Aquí es donde viene el tema de la exigencia. Cuando al principio decíamos que de alguna manera somos infelices porque nos hemos vuelto exigentes, lo que planteamos es que vivimos en una sociedad acomodada, tenemos agua corriente y no nos damos cuenta de que una familia de cinco miembros, necesita unos 150 litros de agua al día, mientras la media en África es de 20 litros. 20 litros, con eso no tenemos ni para lavar los platos. Pero nosotros no somos capaces de abstraernos, de ser objetivos y pensar que tenemos de todo al alcance de la mano. Cuanto más tenemos más queremos y, lo que es peor, menos apreciamos. Lo que nos convierte en personas extremadamente exigentes. No sabemos valorar la electricidad y el agua corriente, o la educación gratuita, por seguir con los ejemplos. ¿Para qué queremos estudiar pudiendo trabajar? y si, además, trabajando ganamos una pasta para comprarnos lo que nos dé la gana, ¿quién quiere seguir estudiando? Pero es que aquí tenemos el lujo de acceder a la enseñanza de forma gratuita, es más, es un derecho esencial. ¿Alguna vez nos hemos parado a pensar que en otros países los niños tiene que trabajar para subsistir? En el mercado de Cajamarca, en Perú, los niños de entre 9 y 14 años cargan sacos de papas de 25 kg hasta las viviendas de los compradores y aquí tenemos un móvil 3G de última generación o la PSP o la Playstation y no nos basta, quisiéramos tener lo último de lo último, confundiendo felicidad con posesiones materiales. Tampoco queremos ahora ponernos moralistas, no se trata de que nos sintamos culpables por una mala distribución de la riqueza, se trata de pensar en los beneficios que tenemos al vivir en una sociedad acomodada y saber valorarlos. Todo lo material es una ayuda, pero no es lo esencial para acceder a la felicidad.

 

Cuando se tienen 15 años y uno comienza a darse cuenta de que la vida no es tan sencilla como en primaria, se abre una grieta abismal, una especie de agujero negro que comienza a separarnos de los adultos y uno se siente un incomprendido e incluso un infeliz, posiblemente la persona más infeliz que haya sobre el planeta. No te desesperes, es lo normal, todos hemos pasado por esa etapa, incluso tus profesores o tus padres. En ese tiempo ciego en el que todo se ve más gris de lo habitual es cuando más necesitamos reflexionar, pero siempre de un modo positivo. Comienza por hacer una lista de los pros y los contras que hay en tu vida (esto es muy americano, lo sé, pero también es un método muy eficaz), te darás cuenta de que hay más cosas positivas que negativas. El filósofo británico Bertrand Russell tuvo una infancia desdichada, a los 3 años perdió a sus padres y él mismo confesaba que, de niño, su himno favorito era: “Harto del mundo” y, sin embargo, recibió una educación esmerada y escribió un libro imprescindible titulado La conquista de la felicidad. ¿Un tipo desdichado escribiendo sobre la felicidad? Pues sí. Nadie es plenamente feliz las 24 horas del día. Hasta durmiendo podemos tener una mala experiencia y despertarnos agobiados por una pesadilla. Del mismo modo que la felicidad no es permanente, la infelicidad tampoco lo es. La vida se basa en un equilibrio entre acontecimientos buenos y malos. Sin una experiencia dolorosa en nuestra vida no podríamos apreciar una buena experiencia. ¿Esto qué quiere decir? Sencillamente que para apreciar lo bueno tenemos que saber lo que es malo. Es como la comida, si todo nos pareciera delicioso no tendríamos criterio para evaluar nuestros platos favoritos, nos daría lo mismo comer un solomillo que un plato de col hervida. ¿Y tiene que ser todo tan jodido? Me temo que sí, pero también es cierto que el ser humano tiene la virtud de crecerse ante la adversidad. En nuestro organismo tenemos una hormona capaz de ayudarnos en situaciones límites, esa hormona, llamada Adrenalina, es una hormona de acción, secretada (y venga palabrejas) por las glándulas adrenales en respuesta a una situación de peligro. Al igual que la Adrenalina, la capacidad que tiene el ser humano para olvidar nos permite sobrevivir a las peores experiencias de nuestra vida. Es decir, somos capaces de reaccionar en una situación límite y somos capaces de olvidar una mala experiencia. ¿No es alucinante? A mí me lo parece. Cuando contamos una historia terrible que nos pasó hace tiempo, ¿no te das cuenta de que la narras como si fuera una aventura en lugar de aquella experiencia horrible que viviste? Incluso eres capaz de bromear sobre ella. ¿Y eso no te parece un logro positivo? Pues anótalo en la lista de los pros.

Como ya me estoy volviendo muy pesado y excesivamente reflexivo, vamos a ir cerrando este artículo recapitulando. Lo primero es pensar, meditar sobre las cosas buscando más allá de lo evidente; lo siguiente es dejar de ser tan exigentes con lo cotidiano, pedirle un poco menos al día a día, tener metas más sencillas; esto no quiere decir que dejemos de tener aspiraciones, pero imagínate pidiéndole 100 euros a tus padres, es probable que en lugar de dinero consigas una colleja. No podemos exigirle a cada día más de lo que en realidad nos puede dar, bastaría con cruzarse con esa chica o ese chico por los pasillos y que nos sonría, con reírnos un poco contando cualquier tontería, incluso seríamos más felices si lo único que pidiéramos al día es que fuera soleado. ¿Sabes la energía y el optimismo que nos da un día soleado? Piensa en ello y si lo consideras positivo, anótalo en la lista de los pros. La felicidad es un imán que irremediablemente nos atrae, porque nuestra vocación innata persigue la felicidad, es más fácil dejarse llevar por la corriente y alcanzar momentos felices que nadar a contracorriente y empeñarse en ser desdichado. Eso sí, cualquier conquista requiere un esfuerzo, nada es gratuito, salvo los sobres de mayonesa para el bocadillo de tortilla. La felicidad es como la gravedad, ejerce sobre nosotros una atracción natural aunque no nos demos cuenta. No huyas de ella, déjate llevar, será más fácil y mucho más divertido.

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