La cultura de la participación (Jenkins) y sus retos en educación.

Una cultura de la participación es una cultura sin apenas barreras para la expresión artística y el compromiso cívico, con un fuerte apoyo a la creatividad y la puesta en común de las creaciones propias, además de algún tipo de patrocinio informal mediante el cual lo que saben los más experimentados es distribuido entre quienes se inician en su aprendizaje. Una cultura de la participación es también aquella en la que los miembros creen en la importancia de sus contribuciones y sienten cierto grado de conexión entre ellos (o al menos les importa lo que otras personas piensen sobre lo que han creado). Como se indica en Henry Jenkins et al. (2006), esta cultura de la participación se manifiesta de diversos modos:

  • Registro en redes y comunidades.
  • Nuevas formas de creación multimedia.
  • Colaboración (formal e informal) en resolución de problemas, desarrollo de tareas y nuevo conocimiento.
  • Canales de información dinámica, actualización continua.

Un creciente número de académicos comenta los beneficios potenciales de estas nuevas formas de cultura participativa: nuevas oportunidades de aprendizaje entre pares, diversificación en los medios de expresión cultural, una diferente actitud hacia la propiedad intelectual, el desarrollo de destrezas necesarias en los nuevos puestos de trabajo y mayor poder para el ciudadano como usuario digital.

Supone también que las instituciones educativas tengan que afrontar una serie de retos:

  • El acceso a esta cultura participativa funciona como una nueva forma de currículo oculto, que marca qué jóvenes tendrán éxito y los que tendrán menos posibilidades tanto en el centro educativo como en el lugar de trabajo. No es cierto que niños y jóvenes adquieran estas destrezas y competencias por sí mismos en su inter-actuación con la cultura popular; hay un acceso desigual a las oportunidades, experiencias, capacitación y conocimiento que preparan a la juventud para una completa participación en el mundo de mañana. Esa preocupación sugiere la necesidad de la intervención política y pedagógica que garantice la formación en la competencia digital necesaria para la participación activa en los nuevos medios sociales, la gestión de la sobreabundancia de información y el aprendizaje de cómo estos nuevos medios modelan y actualizan de forma continua la percepción y el conocimiento que tenemos del mundo.

  • Los educadores deben colaborar para asegurar que los estudiantes tengan acceso a las destrezas y experiencias necesarias que les permitan ser participantes activos, puedan articular su comprensión de cómo se genera la información en los nuevos medios y estar socializado como ciudadano digital global que participa en comunidades en línea. Como indica Juan Freire (2007), “en paralelo al desarrollo de nuevas tecnologías, es imprescindible introducir y expandir una nueva cultura del conocimiento basada en usuarios activos capaces de crear, modificar, buscar, comunicar y compartir información y conocimiento. Este nuevo papel difiere del convencional adoptado hoy en día por la mayoría de estudiantes y profesores“.

  • Diversas investigaciones recientes, según Carlos Monereo (2010), señalan tres grandes obstáculos que explican las resistencias de los docentes al cambio: factores de tipo personal-emocional, factores relativos a las competencias profesionales y factores de naturaleza institucional.

  • El cambio de unas prácticas con las que nos sentimos seguros, que están “rutinizadas” y bajo nuestro control, por otras inciertas que nos ponen en situación de vulnerabilidad, tiene un coste emocional importante cuando no se cuenta con la cobertura y el apoyo de toda la comunidad educativa o un proyecto común de centro. Si no tenemos esa cobertura, no sólo nos exponemos a un posible fracaso y los frecuentes problemas de equipamiento sin apoyo técnico, también las quejas o críticas de estudiantes que no desean abandonar la comodidad de un rol pasivo, incluso ser censurado por los propios compañeros, especialmente aquellos que no desean verse arrastrados por el “mal ejemplo” de los que inician dinámicas de innovación. El apoyo socio-emocional de los colegas es un factor clave muy importante, que muchos docentes innovadores encuentran en la propia Web antes que en el centro educativo donde desarrollan su trabajo.

  • La falta de seguridad está relacionada también con las competencias profesionales necesarias para integrar la competencia digital en el currículo. Todavía hay un amplio grupo de docentes que considera que esa integración corresponde a quienes “saben informática”, que ignoran, o no quieren saber, que esa integración es transversal a todo el currículo y que la alfabetización digital tiene una dimensión mucho más amplia que el manejo de un ordenador. ¿Hasta cuándo se podrá seguir siendo docente sin la competencia digital necesaria? ¿Está definida la competencia digital docente y su acreditación?

  • Se repite con frecuencia que la integración de nuevas tecnologías no es posible sin la formación del profesorado. Sin embargo, no parece que la gran cantidad de recursos invertidos en formación del profesorado haya tenido la correspondiente transcendencia en las aulas con prácticas educativas más motivadoras y eficaces. La innovación tecnológica no implica que vaya a producirse tambień innovación didáctica. Monereo cita investigaciones que “insisten en que las concepciones epistemológicas e instruccionales de los profesores sobre el significado de saber, aprender, enseñar o evaluar, se producen de forma muy temprana, en los primeros años de formación en la propia disciplina, y suelen escorarse hacia el polo positivista / objetivista, según el cual existen verdades indiscutibles que deben transmitirse tal cual son, con independencia de contextos en los que se han producido o vayan a aplicarse“. El cambio o evolución en esas concepciones, el desarrollo de procesos de innovación didáctica, sólo avanzará con el compromiso profesional de los docentes y su implicación en proyectos colectivos. Las acciones formativas deben tener un mayor grado de autonomía y contextualización y deben estar orientadas a la participación en comunidades profesionales y el intercambio de buenas prácticas docentes para que los propios docentes sean agentes activos en la nueva cultura de la participación y la producción de conocimiento.

  • Las instituciones educativas deben encontrar el modo de superar estos retos y fomentar esa cultura de la participación e innovación, tanto mediante incentivos y proyectos como plataformas que faciliten el desarrollo de comunidades para la socialización profesional y el intercambio de buenas prácticas (algo que escasamente propician los actuales portales educativos institucionales), en la línea de emplear la Web como plataforma para la formación y la gestión del conocimiento, con licencias y estándares acordes a la gestión abierta de contenidos. Los objetivos y la estrategia deberán contar también con el decidido apoyo y liderazgo de los equipos directivos, pues la superación de los retos no será posible si la dirección no es clara y promueve los necesarios cambios, que deben quedar integrados en el proyecto educativo de centro.
(Publicado también en El Camarote.)

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