La primera vez que oí hablar de pi debía tener 9 o 10 años. Era un número, se representaba con una letra griega y su valor era “tres coma catorce dieciséis”. Servía para calcular la longitud de una circunferencia, que era igual a “dospierre”; esto es, el doble de pi multiplicado por el radio. También se utilizaba para conocer la superficie del círculo, que era el espacio encerrado dentro de la circunferencia y se obtenía multiplicando pi por el cuadrado del radio. Y esto es lo que supe de pi durante varios cursos escolares. Nunca me pregunté de donde salía este número, por qué tenía un valor tan extraño y por qué la longitud de una circunferencia y la superficie de un círculo se calculaban de tan curiosa manera. Simplemente me lo creí y lo apliqué correctamente cada vez que me lo demandaban.

Posteriormente, ya en el bachillerato, aprendiendo trigonometría, se me informó que otra de las utilidades de pi era la medida de ángulos; de manera que un ángulo de 180 grados era equivalente a pi radianes. También se me aclaró, así como de pasada, que el valor de pi no era 3,1416 sino 3,141592… y con los puntos suspensivos se daba a entender que había más cifras decimales pero que no se tenían en cuenta, sino que, al calcular con pi, se hacía una aproximación, se redondeaba.

En realidad no es que hubiera más cifras, sino que estas cifras no se terminaban nunca; las  cifras de pi son infinitas y su secuencia no se ajusta a ningún patrón. Se conocen millones de ellas, aquellas que hemos podido calcular con nuestros ordenadores más potentes, pero sigue sin encontrarse una pauta que permita predecir cuál será la siguiente. Es como si este número todavía se estuviera construyendo, como si se estuviera generando a medida que avanza el tiempo.

http://www.otraspoliticas.com/educacion/la-trascendencia-de-pi

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