No escolarizar a los hijos y no preocuparse porque vayan a la escuela puede suponer sanciones administrativas e incluso la pérdida de la patria potestad. Y si los menores se niegan a acudir a los centros educativos pueden ser obligados a hacerlo mediante la intervención de las autoridades. No obstante, a pesar de estas medidas, hay jóvenes en edad escolar que pasan más tiempo fuera que dentro del colegio.

El absentismo se detecta rápidamente. Basta con pasar lista, llevar un registro de las ausencias, comunicárselas a los padres o tutores legales, y ver cómo responden. Hay un protocolo para ello que detalla las acciones que debe realizar el centro. Ahora bien, una vez detectado, el problema reside en conseguir que dicho protocolo sea efectivo. Después de un largo proceso de comunicados, entrevistas, apercibimientos, intervenciones de los Servicios Sociales y de la Fiscalía de menores se descubre que, en la práctica, los resultados son escasos. A partir de cierta edad, a medida que avanza la educación secundaria obligatoria, aquellos que no quieren siguen sin venir y poco puede hacerse para conseguir que vengan. Y cuando se consigue se hace mediante la sanción y la obligación, lo que todavía provoca más rechazo a la escuela y más problemas académicos y de convivencia cuando se está en ella.

Se podría decir que el absentismo conduce al fracaso escolar, pero también que es su consecuencia; se fracasa porque no se ha ido a clase y se deja de ir a clase porque en algún  momento se empezó a fracasar, posiblemente desde los primeros cursos de primaria, desde que las vivencias y los resultados escolares dejaron de ser gratos.

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