Podríamos aventurar que, desde que nacieron las primeras civilizaciones, todas las sociedades humanas se han intentado transformar, mantener o reconducir mediante el derecho, la educación y la propaganda; cada vez más eficaces y con mayor alcance gracias a los avances científicos y tecnológicos, como la estadística, la informática, las telecomunicaciones o las neurociencias.

El neuromarketing y la neuroeducación son dos ejemplos muy ilustrativos de este tipo de prácticas. El primero consiste en la aplicación de las neurociencias a la mercadotecnia, buscando con ello el aumento del comercio y, sobre todo, de la demanda. Se busca que el consumidor elija nuestro producto entre todos los que se le ofrecen, sean estos detergentes, teléfonos móviles, cadenas de televisión o servicios bancarios. La segunda intenta aplicar aquello que conocemos sobre el cerebro al campo del aprendizaje y los métodos de enseñanza, con la intención de mejorar sus resultados. Formalmente, estas disciplinas persiguen fines distintos, aunque tienen más en común de lo que parece. Por ejemplo, en uno y otro caso, se intenta conocer cómo se debe estimular o motivar a las personas para que tomen determinadas decisiones y, para ello, más que convencerlas con argumentos racionales, lo que se necesita es conectar con ellas emocionalmente. Se busca la mejor manera de atraer la atención de los consumidores o de los estudiantes para después seducirlos.

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